Sunday, August 10, 2014

En casa de Borges, por Christian Ferrer


 ***


EN CASA DE BORGES, UN DÍA DE 1985

Christian Ferrer

Éramos tres anarquistas a la puerta de la casa de Jorge Luis Borges, en la calle Maipú, año 1985. Conseguir la cita fue sencillo. Sólo consistió en buscar el número de teléfono en la guía correspondiente. Estaba. Luego fue cosa de hacer una llamada, ser atendido por una voz de mujer, probablemente Fanny, la señora que siempre trabajó allí, y preguntar por él. ¿Motivo? Solicitarle una entrevista para conversar exclusivamente sobre anarquismo. De inmediato Borges se puso al habla, algo sorprendido por los desusados interlocutores, pero ningún problema, muy contento de recibirnos, el tema le concernía, nos esperaba. Dos días después hicimos acto de presencia. Éramos Josefina Quesada, Juan Perelman y yo mismo.
El tiempo que siguió al final de la dictadura militar fue una buena época para las revistas. Los lectores se multiplicaban, sobraba entusiasmo, la calle Corrientes era campo orégano. Las había periodísticas y las había culturales, y ninguna revista obviaba manifestar las razones políticas que las propulsaban, es decir que todas eran razonables y demócratas. Había otras, más enfáticas, algunas de tradición izquierdista, y un porcentual pequeño, muy pequeño, de publicaciones jacobinas, satíricas y “contraculturales”. Una de tantas se llamaba Utopía.
Nada más ajeno a Borges que esta publicación anarquista, de las que pasan ignotas por la vida. Sus editores provenían de experiencias diversas y paralelas. Juan Perelman y Josefina Quesada habían sido integrantes de la revista surrealista Signo Ascendente, que ya salía durante de dictadura. Carlos Gioiosa, Juan Carlos Pujalte, Raúl Torres y yo mismo éramos anarquistas “con carnet”, literalmente, pues cotizábamos en “Oficios Varios” de la FORA, la vieja central sindical, y también estuvimos en los Grupos de Autogestión, cuyo subgrupo “Fife y Autogestión” daba la nota en las paredes de la Capital Federal mediante pintadas ingeniosas, faena que también cumplían otras cuadrillas recónditas que firmaban como “El Bolo Alimenticio” y “Los Vergara”. Otros dos miembros de la revista andaban sueltos, el sociólogo uruguayo Alfredo Errandonea y el librero Carlos “Gallego” Torres, redactor de La Protesta a comienzos de la década de 1960.
         A Carlos “Cutral” Gioiosa y a mí el surrealismo nos importaba mucho. El hermano de Carlos había participado de El Hemofílico, una de esas revistas lanzadas y mordaces que sólo edita la gente irreductible. Dado que se imprimió en época de militares, su director, que respondía al misterioso seudónimo “Metzergenstein”, terminó en la cárcel de Villa Devoto. De Metzergenstein se decía que era propietario de un chiringuito móvil de venta de libros viejos, al cual apostaba por unos días en esquinas seleccionadas de la Recoleta, a la espera de alguna viuda reciente u otro familiar directo que quisieran desprenderse de la biblioteca del difunto a precio vil. Así fue que logró agenciarse una primera edición del Marques de Sade.
         Se nos ocurrió hacer entrevistas. Dejar registro de experiencias de vida, intereses, influencias, simpatías libertarias. ¿Por qué no comenzar por Borges, que de tiempo en tiempo venía haciendo referencias al anarquismo? A veces decía de sí mismo que era un anarquista conservador, otras veces un conservador anarquista, y otras aún, anarquista a secas. Se conocían sus memorias de adolescencia, allá en Ginebra, Suiza, de cuando su padre (“filósofo anarquista en la línea de Spencer”) lo había llevado a pasear por la ciudad para mostrarle los cuarteles, las iglesias, las banderas y las carnicerías (los anarquistas eran mayormente vegetarianos), y le dijo que se fijara bien, porque en el futuro esas cosas iban a desaparecer y algún día él iba a poder decir que las había visto. En ese mismo relato autobiográfico Borges añadió este lamento: “Desgraciadamente, no se ha cumplido la profecía”. Repetiría la anécdota durante su encuentro con los miembros de Utopía.
         Para no abundar en citas pertinentes basta con recordar que, ya de grande, había dicho a Joaquín Soler Serrano, el bien conocido periodista de la televisión española: “Soy anarquista. Siempre he creído fervorosamente en el anarquismo. Y en esto sigo las ideas de mi padre. Es decir, estoy en contra de los gobiernos, más aún cuando son dictaduras. Y de los estados”. En el prólogo a El informe de Brodie, su última ficción publicada, de 1970, incluyó este pronóstico: “Con el tiempo nos mereceremos que no haya gobiernos”. Borges era un “modesto anarquista” que creía en los individuos, no en el Estado. Tampoco era individualista, al revés que los compatriotas, que todo se lo reclaman al Estado sin disposición alguna de entregarle algo a cambio.
         De quienes estuvimos con Borges, Josefina Quesada era pintora y vivía en Belgrano y Piedras, a metros del lugar de reunión del grupo editor. Había sido alumna de Juan Batlle Planas y era plenamente surrealista. Rememoro ahora sus collages. Para hacerlos compraba revistas de moda o bien catálogos de ropa en determinadas subastas de libros y publicaciones de otros tiempos. Recortaba con tijerita los modelitos o las figuras de señoritas bien vestidas y los disponía sobre fondos tenebrosos o encantados. En un rincón de su casa –la imagen se me conserva perenne– tenía unas vitrinas con botellones y probetas enormes de formas raras y caprichosas. Parecía un altar. Juan Perelman, el otro miembro de la revista, era filósofo y había llegado unos años atrás desde Bolivia. Un hombre culto. Muchas veces lo vi en compañía de un marinero desembarcado, ya de edad, alguna vez trotskista y decantado luego por ideas más libertarias.
         Poco antes de la llamada telefónica, Carlos Gioiosa y yo habíamos intentado aproximarnos al escritor. La ocasión la proporcionó un encuentro de luminarias en el Teatro Coliseo. Borges estaba anunciado en la convocatoria, además de Mario Vargas Llosa y Octavio Paz. Según recuerdo, en esos días comenzó a editarse la versión argentina de la mexicana Vuelta, revista de Octavio Paz que pretendía aventar el ideario liberal por Buenos Aires, con resultados más bien módicos. A último momento Borges fue sustituido por José “Pepe” Bianco. No obstante se hizo presente entre el público del Coliseo, eminentemente gorila, demasiado para nosotros dos, que hicimos abandono del acto. Tampoco era el lugar para abordar a Borges, que había ingresado por el pasillo central junto a María Kodama, caminando de a pasitos. Recurrimos entonces al servicio telefónico.
         No teníamos plena conciencia de la importancia de Borges. Si bien muchos la asumieron en su momento, ni de lejos fueron todos. Borges todavía era, en la década de 1980, un autor “discutido”, especialmente entre gente de izquierda y peronistas, prominentes en los ámbitos culturales y con quienes tratábamos a diario. A nosotros, sin embargo, sus declaraciones nos parecían menos los estertores de la antigua clase de literatos liberales y mucho más los pronunciamientos de una personalidad autárquica, por más que hubiera dado su venia al régimen vecino del general Pinochet no menos que al autóctono. De hecho, cuando algunos del grupo nuestro abrieron librerías en San Francisco Solano y en la calle Corrientes, les pusieron de nombre “El Aleph”. La cuestión es que el emblema de escritor políticamente asimilable por entonces era Ernesto Sábato, o bien Julio Cortázar. De allí en más la atribución no tendrá mayor relevancia y su ponderación quedará a cargo de departamentos universitarios específicos, los suplementos culturales de la semana, y las cucardas que de vez en cuando concede el Estado Nacional.
         Nos aparecimos acarreando un aparato de grabación tipo mastodonte, incómodo de transportar. Después descubriríamos que el audio era defectuoso. Se escuchaba mal, como de lejos. La entrevista nos pareció mala, o insuficiente, o no se ajustaba a nuestras necesidades, y tampoco es que venerábamos el prestigio de Borges por sí mismo, de modo que no procedimos a la desgrabación, y el cassette fue pasando de mano en mano y al fin se perdió. Es por eso que cuento estas cosas como si visitara un patio olvidado de mi memoria. Sólo conservo algunos fogonazos.
La entrevista sucedió en el vestíbulo de su departamento, al lado de una sala con bibliotecas. Los libros no parecían modernos u actuales. Borges llegó caminando despacito, auxiliado por un secretario o ayudante o familiar. No daba la impresión de estar bien de salud. Se sentó junto a su acompañante en un sillón apto para dos personas. Lo primero que nos dijo fue un chiste privado: “Yo pensaba que la única anarquista viva en Argentina era Alicia Jurado”. Nos mencionó que alguna vez había disertado en una biblioteca anarquista de Avellaneda. Cierto: ese lugar todavía existe. Como en la semana previa había sucedido lo del Teatro Coliseo inquirimos su opinión sobre la obra de Vargas Llosa. Riéndose, respondió que conocía uno de sus libros, Pantaleón y las visitadoras, pero no lo había leído pues el título le pareció “infortunado”, caso similar al de La seducción de la hija del portero, de Mario “Pacho” O‘Donnell, por entonces secretario de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires. Nos dijo algo socarronamente que todo el mundo sabía que a los encargados de edificios les fastidiaba sobremanera ser designados como porteros, “oficio de abridores de puertas”.
Lentamente fuimos aproximándolo al tema que nos importaba. Nos expresó su “extremo interés” por las ideas anarquistas aunque no por las que suponían ejercicio de la violencia. Dijo que los estados eran creaciones desventuradas, que necesariamente extinguían las libertades individuales. Su preocupación por la suerte del individuo no era abstracta, producto de alguna idea sobre la libertad que es lanzada al campo de batalla cultural. No. Nacido con el siglo XX, Borges era contemporáneo del ascenso de los estados totalitarios, y la gente fascista, comunista o meramente autoritaria le suscitaba repulsión personal y no sólo genérica. Había visto mucho y sabía lo que estaba pasando en China, en Cuba y en el orbe soviético. Además, como bien se sabe, consideraba que los peronistas eran más ciegos aún que él mismo.
Pero por más que lo orientáramos hacia las ideas ácratas la verdad es que Borges no parecía haber leído a los clásicos libertarios. De todos modos sus opiniones eran firmemente contrarias al ejercicio de la autoridad. Cuando ya nos parecía que nada especial diría sobre el tema, repentinamente enunció una frase que nunca olvidé. Dijo que el Estado iba a derrumbarse “cuando las personas dejaran de creer en él”. Era una verdad simple y contundente. Aún más, nos dijo que una vez sucedido ello, sería necesario colocar una placa al frente de cada uno de los antiguos edificios del gobierno. Esa placa contendría dos palabras: “NO CREER”.
         Luego de pasada una hora de tiempo se hizo evidente el cansancio de Borges. Por momentos, largos momentos, hablaba él solamente, en una suerte de desvarío sobre un salpicado de temas, como si mantuviera un soliloquio consigo mismo o como si no hubiera nadie frente a él. Sobre el final, y antes de que su escolta nos hiciera una seña, mencionamos a Rimbaud. Hizo silencio, echó la cabeza hacia atrás, los ojos cerrados, dirigidos hacia arriba, como evocando, y comenzó a desgranar, en francés, los versos de  “El barco ebrio”. Lo escuchamos como a un decidor de sonidos mágicos, próximo pero alejado, en intimidad con la gracia, salvando para siempre ese día del año 1985.

***

Wednesday, August 06, 2014

Notas: Música + Filosofía + Tragos


***

Con Sergio Pángaro haremos el evento NOTAS en Bebop Club de Jazz. Los invito. 

***

Monday, August 04, 2014

Terror Anal de Beatriz Preciado


***

Escribí sobre Terror Anal de Beatriz Preciado para Revista Aglaura.

***

Sunday, August 03, 2014

Jacksonismo, entrevista a Mark Fisher



***
(Suplemento Cultura, Diario Perfil, 3 de agosto de 2014)


Los diagnósticos a partir de fenómenos culturales son algo recurrente. Después de todo, los grandes ensayistas son, antes que nada, médicos de la cultura. Así lo decía Nietzsche, que sabía leer síntomas en apariencia insignificantes de modo letal. Un libro como Jacksonismo. Michael Jackson como síntoma (Caja Negra), antología editada y coordinada por Mark Fisher, merece pertenecer a esa tradición de la sintomatología cultural. Se trata de veinte artículos de críticos culturales, periodistas de rock, filósofos, sociólogos, editores, historiadores o bloggers que toman el cuerpo y la música de Jackson –de quien se cumplieron cinco años de su muerte el 25 de junio de 2009- como espacio para encallar sus ideas. Fisher es profesor de filosofía en el City Literary Institute de Londres y escribe en medios como The Wire, Sight & Sound, Frieze y New Statesman. En diálogo con PERFIL, su pensamiento hace foco en las cuestiones que se destilan de estos ensayos breves donde no es más la música que la política, la raza, el género o las implicancias sociales de la última megaestrella mundial. Si la internet redefinió la concentración a la vez que diversificó y amplificó la emisión y la escucha, entonces se comienza a comprender porque Jackson fue único y hoy, en el siglo XXI, ya es imposible algo similar. Señala Fisher: “Esto es algo que jamás será repetido. Michael Jackson logró su espectacular fama en la era previa a internet, hoy sería imposible”. Esa imposibilidad de hoy también parte de la reflexión en torno a las mutaciones físicas de Jackson en su piel, a través de sus cirujías plásticas y su decoloración. Para el inglés es clave: “Parte de mi motivación inicial al escribir el libro fue poner juntas dos fotos de Michael Jackson: una de Off The Wall (en 1979) y otra de una década después. La iluminación de su piel, su cambio en la nariz, en el pelo, su expresión melancólica. Son todos signos de una mutación traumática. Creo que el libro trata de leer esos signos que son como una suerte de psicoanálisis cultural y una especulación inevitable”.
   Comparado con otras estrellas de los ochentas, la sintomatología jacksoniana es única, incluso en relación al otro faro pop: Madonna. Fisher lo ve con claridad: “Con Madonna siempre hubo una distancia entre el personaje que ella adoptaba en sus apariciones públicas y su propia identidad. Ella fue más capaz e inteligente para manejar con éxito sus apariciones. Con Michael Jackson no existía esa diferencia. El proceso de la identidad fue mucho más complejo en su caso. Su existencia fue siempre un delirio, una locura. El fue una estrella desde niño”. En ese sentido, las comparaciones con otros grandes megalómanos pop como Elvis Presley son reiteradas en los artículos del libro: “Muchos puntos son comunes: su débil salud, su gran fama y riqueza, la soledad, la paranoia, el vivir en casas especialmente diseñadas para ellos y atormentados por sus fantasías. Michael y Elvis fueron un extraño mix de muñecos de juguete y déspotas, víctimas más que empoderados por su fama y riqueza”.
   La cuestión política aparece en numerosos artículos de Jacksonismo como un indicio: “En términos raciales tenemos que pensar que Michael Jackson abrió las puertas a todos los cantantes negros en Estados Unidos de una forma que pocos años antes era inimaginable. Pero toda la controversia en torno al color de su piel fue una retraso, una debilidad en ese sentido”. En el mismo aspecto, también surge casi por inercia el vínculo con la filosofía queer, a la que Jackson prestó su subjetividad indiscernible como arlequín; pero para Fisher la variable pasa por la posmodernidad: “Me parece mejor pensarlo como una figura post-racial y post-genérica. Michael Jackson alentó a su pesar una visión sentimental de la ‘normalidad’, en el sentido que tendía a reprimir su extrañeza, no le gustaba lo grotesco que finalmente mostraba que era. Quiero decir, no exhibía con orgullo sino con dolor su anormalidad”.
   En esa cruza de posiciones raciales, sexuales y políticas, Jackson podría verse como como la contracara del derrotero contracultural que venía en desarrollo sostenido desde la posguerra con los beatniks hasta el hippismo en los setentas. Jackson para Fisher encarnó su reversión en los ochentas: “En el se ve muy claro su rechazo a la política a la vez que su identificación con un mundo sentimental e idilíco que pertenecía a la ‘normalidad’ del universo Disney (algo que nunca tuvo). Quizá sería mejor pensar que el éxito de Jackson fue una consecuencia de la contracultura. No hubiese sido posible su llegada a la fama sin los derechos civiles”. Michael Jackson subsumió en sí mismo esas contradicciones de la ‘revolución’ conservadora de Reagan en los ochentas así como los estertores de la contracultura por elevación, la conexión salta al vista: “Quizá más que nadie, Jackson representó la apología del capitalismo en la cultura popular de ese momento en el intenso regímen de los medios y el mayor éxito a la vez que el retiro de la esfera contracultural”, dice a modo de conclusión Mark Fisher.

***

Tuesday, July 29, 2014

Menem, la des-demonización liberal




***


Acá en el blog de Lucas Carrasco. 
 

“Yo vengo a unir esas dos Argentinas. Vengo a luchar por el reencuentro de esas dos Patrias. Yo no aspiro a ser el presidente de una facción, de un grupo, de un sector. Yo quiero ser el presidente de la Argentina de Rosas y Sarmiento, de Mitre y de Facundo, de Ángel Vicente Peñaloza y Juan Bautista Alberdi, de Pellegrini y de Yrigoyen, de Perón y de Balbín. Yo quiero ser el presidente de un reencuentro”.
Carlos Saúl Menem, Honorable Asamblea Legislativa, 8 de julio de 1989.


Nada es más eficaz para evitar pensar que la demonización. O la generación del tabú, del silencio, de la deformación mal intencionada. Pensar es des-demonizar, es poner palabras, argumentos e ideas allí donde reina lo no dicho por múltiples variables, es mostrar el muerto en el placard. El menemismo fue demonizado para no ser pensado. Recientemente, se cumplieron veinticinco años del comienzo del Gobierno de Carlos Saúl Menem (8 de julio de 1989). Un gobierno que dejó el poder de modo pacífico y otorgándole, por primera vez en la historia, el mandato a un Presidente del signo contrario (10 de diciembre de 1999). Hoy resulta evidente: están llegando otros tiempos. Hay signos, señales en el horizonte que permiten gradualmente pensar al menemismo con cierta distancia y templanza. Si bien pensar implica no demonizar tampoco ello nos lleva a su opuesto binario: salvar de modo granítico. Pensar implica separar, evaluar, poner en consideración. Por último, posicionarse con claridad, sin bucles.
   Las mejores medidas de Menem fueron las más liberales, incluso algunas rozaron ciertos ribetes de libertarismo. Mencionaré las que considero más destacadas. La ley de reforma del Estado sancionada el 17 de agosto de 1989 que implicó achicar el Estado para reducirlo a sus funciones básicas (seguridad, justicia, educación, salud), en especial ciertas privatizaciones necesarias y bien hechas (telefónicas, canales de TV y radios, entre otras); no olvidemos que hace menos de treinta años tener un teléfono particular era casi una misión imposible con Entel (el tristemente célebre plan Megatel). La eliminación del servicio militar obligatorio (luego de la muerte del soldado Carrasco), quienes pertenecemos a la clase 1976 fuimos la última camada sorteada y la primera en poder decidir, en gozar de nuestra libertad sin que el Estado nos meta coercitivamente en una institución autoritaria y decadente. Menem pacificó el país de manera definitiva: subordinó a las fuerzas armadas bajo su mando y erradicó para siempre los golpes de Estado (el último intento fue al comando de los carapintadas de Mohamed Alí Seineldín el 3 de diciembre de 1990). Tampoco fue menor la supresión de la figura del desacato: amplió la libertad de prensa como nunca antes. En el plano económico la convertibilidad fue una medida exitosa de Cavallo, imperiosa y razonable: extirpó la hiperinflación. Un método artificial pero efectivo que debió haberse levantado parcialmente a partir de 1995-1996 pero se mantuvo por razones electorales. El mercado libre del que se gozó para comerciar fue el mayor en la historia reciente. Pocos recuerdan que durante la administración de Menem se otorgó la personería jurídica, un claro reconocimiento legal, a la CHA (Comunidad Homosexual Argentina) así como a las asociaciones de defensa del consumidor. Menem también operó una revolución al interior del dogmatismo peronista clásico al abrazarse con el Almirante Isaac Rojas. Le quitó ese trauma. Desactivó, de ese modo, el gorilismo (que luego fue reactivado por el kirchnerismo de modo exasperante). Menem no dividió el país, al contrario, eliminó las antinomias del pasado. Pocos gobiernos fueron menos paternalistas y moralistas que el menemismo: en la ciudad de Buenos Aires (cuando estaba todavía bajo el ejecutivo) se podía comprar alcohol hasta altas horas de la madrugada. El propio Menem recibió todo tipo de injurias, chistes, burlas, fue carne de cañón del humor barato y refinado, de caricaturas que lo ridiculizaban (lo dibujaban con gatos en la cabeza en referencia a su implante capilar o con avispas en su cara en alusión a su lifting facial). Sin embargo, Menem nunca respondió ni censuró nada públicamente.
  Veamos lo malo. Fueron las medidas que apelaron a cierto populismo embolsado producto de la herencia peronista tradicional. La innegable corrupción (emblema de la lucha de la progresía encarnada por el FREPASO con afán electoral: el “honestismo”); sin embargo, pasado tanto tiempo parece relativa comparada con el robo sistemático de la década kirchnerista. Algunas privatizaciones mal ejecutadas o que funcionaron solo como forma de negociados (Aerolíneas Argentinas, trenes, entre otras). El aumento desmedido de la deuda pública (externa e interna) al no poder emitir. El aumento del gasto público también fue grotesco (se estima un 90% entre 1991 y 2001) del mismo modo que la suba en la presión impositiva (el IVA pasó del 18 a 21%). La generación de ciertos monopolios y oligopolios producto de algunas privatizaciones sin apertura total de los mercados (una forma de corporativismo). La ausencia de justicia independiente, la llamada en aquella época “Corte adicta”. Finalmente, no está mal recordar quizá la buena intención pero la mala implementación del sistema de retiro privado de las AFJP (elección acotada y forzada).
   El estilo del menemismo fue nítido y claro, Menem nunca ocultó nada, no hablaba por izquierda y ejecutaba por derecha. David Viñas lo pensó bajo el giro  despectivo y reductivo de “menemato” (no comparto, jamás pensaría algo así como el “kirchnerato”), prefiero el concepto de Tomás Abraham: “lo menemoide” como esquirlas, fragmentos, discontinuidades. El hedonismo del riojano (la pizza con champán como alegoría que enarboló el bestseller de Silvina Walger), tanto como el cosmopolitismo (contacto cotidiano comercial o personal con el mundo) fueron dos rasgos capitales de la estética menemoide; incluso las llamadas despreciativamente “relaciones carnales” con Estados Unidos fueron racionales, propias de la coyuntura: una mirada pragmática (había caído el Muro de Berlín en 1989). De esa relación carnal los ciudadanos argentinos gozamos del privilegio de no precisar VISA para ingresar al país del norte. Quizá el más grande cliché empleado como crítica fue la denominada “frivolidad” del menemismo. Epíteto moralista, catolicón, hipócrita y culpógeno, en rigor fue una bocanada de aire fresco y alegría luego del horror de la dictadura asesina y de la hiperinflación alfonsinista. Menem siempre fue franco: lo suyo eran los vinos, las vedettes, los trajes de alpaca brillantes y la Ferrari. No bajaba línea, no imponía su moralidad a los demás. No había en él obsesión en ese sentido. ¿Es necesariamente esa afirmación del placer menemoide, así sea grasa o bizarro, objeto de crítica en sí mismo? ¿Por qué habría de serlo? Nunca leí nada lúcido en ese aspecto, salvo muestras de resentimiento y veneno. Creo que en el fondo esas críticas se subsumen en un elogio de la victimización a la que somos tan afectos los argentinos. Menem otorgó otra imagen, insoportable para algunos (sobre todo para muchos intelectuales, esa raza llena de miserias), su opuesto radical: alguien protagonista, que no lucró con su estadía en prisión durante de la dictadura ni con la muerte de su hijo, un hombre pasional, deseante, vitalista, alguien que veía al poder como una sustancia orgásmica.
   El presente nos retrotrae a pensar a Menem y el menemismo. Los tres principales candidatos con chances reales, sólidas y concretas a ser Presidente en 2015 (Massa, Scioli y Macri) son portadores de cripto-menemismos. Son, en cierto modo, hijos de Menem, sea por su adscripción al menemismo en los noventa, por ingresar a la política de su mano o por comenzar su militancia en satélites como la UCEDÉ. Los debates en la segunda parte de la década del diez y en la década del veinte serán otros en el plano político, económico o social. Considero, siguiendo el linaje libertario que apoyo, que hay incluso medidas que contribuyeron mucho en esa dirección en el kirchnerismo (el matrimonio homosexual, la ley de identidad de género, la restauración de una Corte independiente, son tres). Hay debates que quisiera que surjan para ampliar los horizontes de la libertad individual: la legalización de las drogas (en primera instancia de la marihuana), de la prostitución y el aborto. En cualquiera de los casos, a partir del próximo año es necesario iniciar un revisionismo del menemismo en particular y del liberalismo en general. En ese sentido, hay dos libros editados los últimos años que estudié con mucho interés: Los años de Menem de Alfredo Pucciarelli (ed.) y Transformación y crisis del liberalismo de Jorge A. Nállim. Allí y en muchos otros textos hay ideas para emprender esta tarea. Sería sano que sucediera.

***

Wednesday, July 23, 2014

Entrevista para En Cubierta (España)


***

Me hicieron una entrevista para la revista de e-books En Cubierta (España) acá la pueden leer.

***

Tuesday, July 22, 2014

Ayn Rand y Princess Donna

(Ayn Rand)

 (Princess Donna)

***
 
Escribí este breve ensayo para revista PACO sobre dos mujeres que admiro.

***